feliz tú, entre todas las mujeres
Hoy es un día muy especial. Mi madre cumple años y con sus mas de setenta primaveras no para de darme lecciones. Pienso en ella y no puedo evitar verla como emigrante, como educadora y por encima de todo como mujer.
Dicen los que saben que entendemos a nuestras madres cuando tenemos hijos. En mi caso, que no los tengo, entendí a mi madre a los años de emigrar. Como buena parte de los capitalinos, mis padres vinieron de otras provincias en busca de un mejor futuro y allí nacimos nosotras. No obstante en casa se sintiera el sabor del tabaco y la tinaja, mi día a día eran el asfalto y el ruido constante de autos y vecinos. Todos saben que soy un batido, como todos los cubanos, tenemos sangre de aventureros, esclavos, verduleros, príncipes y mujeres de la buena vida, pero nadie nos habló nunca de la emigración, sus caminos, el dolor o el goce. Historias de africanos, indios del Amazonia, irlandeses y judíos fundidos con un alto porciento ibérico, son los culpables de esta nostalgia que me provoca mirar el horizonte inmenso, ya sea en mar o en montaña y el miedo de zarpar.
No sé si me he inventado sus anécdotas o si de veras las he escuchado pero cuando llegué a suiza recordé a mi madre. Contaba que se montaba en un bus y recorría toda la ruta, memorizando el camino y las paradas, solo así conocería de veras una ciudad que le abría, en aquellos tiempos, las puertas a todos y se expandía y contraía con la facilidad de un pulpo mimo. Yo hice lo mismo, no paré hasta recorrer cada rincón de este país, comer sus especialidades, hablar con su gente. Otro paso importante que dio fue que se buscó un trabajo e hizo amigos que aun conserva, hermanas de vida que adoptamos como tías. Y aquí estoy yo queriendo a mis amigos porque sabemos que un abrazo es capaz de curarnos el alma y si viene con café mucho mejor. Camaleónica e insistente, decidió darnos una casa sin rastros de amargas nostalgias. Pinar del Río era su pasado, la fuente de tantos ritos, pero nuestro hogar tenía un Malecón y mucho ritmo. Descalza podía caminar por los trillos pero con la agilidad de una bailarina se ponía tacones en la Habana. Lo mas difícil de estar lejos es despojarse del drama del exilio, del drama de la vida… del drama. Recuerdo la noche que fue con mi padre a Tropicana. No solo porque conservo una foto bellísima, sino porque aun cuelga el completo de falda y chaqueta gris en el closet que usaba. Coqueta marcaba las curvas mientras el conjunto jugaba con un corte de esmokin gritando la línea dura que seguía. Parecía una ejecutiva y yo pedía a todos los santos heredar su figura, el pelo rizo y su color de piel, pero esa noche lloré sin parar hasta su regreso. No recuerdo si era por el abandono, por los deseos de también vivir la experiencia, pero aprendí que por mucho que llores tendrás que esperar que el tiempo pase, y como siempre digo, no soy buena llorando bonito, así que tiempo al tiempo y para ello, buena cara.
No es fácil cuando todo resulta ajeno y en medio del proceso tienes que salvar tu identidad, dar serenidad al resto y guiar a una familia. No sé como lo hizo la mulata, solo sé que quisiera a veces tener más de su fuerza, menos de su rigidez de principios y una falda amarilla con puntos negros como la que ella tenía. Una vez, después de muchos inviernos incómodos, me miré al espejo y no me reconocía. Usaba solo pantalones, botas y de la mujer que no se bajaba de las plataformas y solo tenía faldas y vestidos, no quedaba rastro. ¿Cómo había llegado a ese punto? Recordé la falda amarilla de mi madre y su vida. Nada podía ser comparado con todo lo que ella había pasado y allí salía enseñando sus piernas torneadas, siempre el pelo arreglado y los labios pintados. Era su uniforme para enfrentar las adversidades y decidí que a pesar de cualquier trabajo o como me tuviera que trasvestir para funcionar como lo exigiera el momento, me compraría la ropa que me representara y no la que era solamente cómoda o gratis. Ese día, el que me reencontré, fue un día maravilloso, desde entonces no más mascaras ajenas, no más justificaciones para no ser feliz.
Y aquí me ven aún aprendiendo de ella, que se enfrenta a la tecnología cada día para poder tener comunicación con sus hijas. Hoy tuve que escribir felicidades en cuatro perfiles de Facebook, todos a su nombre y me alegro mucho, porque así es ella, tantas mujeres en una. Suerte de locura y vida, historias para mil libros, mi madre.