forever pepilla
El otro día conversaba con una amiga sobre su hijo adolescente. Me comentaba preocupada de sus cambios de humor y su falta de sueño. A pesar de no tener hijos, si tengo una vida y buena memoria, así que le hablé de mi adolescencia y de la maravilla de no haber tenido entonces internet, porque no quisiera que me apareciera un recordatorio de Facebook de esos tiempos, que la amada naturaleza nos va borrando de la mente con la misma eficacia que elimina el dolor de la dentición. Le dije que si yo estuviera en su lugar, lo aseguraría de lo benévolo del tiempo y la efectiva escuela de la vida. Que después de un par de cambios biológicos esa época sería motivo de muchas anécdotas tan graciosas como vergonzosas y nada mas.
Se fue mi amiga y yo como no tengo hijos, ni perros, ni gatos pues me quedé en compañía de mis pensamientos y mis conclusiones de psicología manigüera. Esta vez estaba condenada a la cabina de mi cabeza, donde por mas de seis horas no tuve a nadie que me abriera la cortina. Giré y viajé por cada faceta y al final concluí que lo más relevante y perecedero de esa época, había sido la necesidad de confirmación y la búsqueda de referencias externas.
Si hoy les parece que me fui muy profundo en pensamiento, sin pena ninguna les invito a cortar la lectura ahora mismo, porque tengo decidido a ir pa abajo sin frenos, hasta donde diga coyin..
Yo no entendí porque razón media escuela tenía tetas y yo no. A los trece años tenia me empecé a poner pulover gigantes para disimular, mientras por el contrario amaba mis piernas torneadas por el deporte y esas las traía siempre afuera. Al llegar a Suiza me día cuenta que solo había tenido dos o tres pantalones en la vida porque lo mio era ventilar la parte inferior. Para compensar mi desbalance me dediqué a ser la chica buena gente. Que conste todo esto lo veo ahora a la distancia de treinta años. Porque cuando encuentro una fotos mía de antaño no me caigo a besos, por no ser ridícula, porque estaba bellísima, pero en aquel momento yo no lo veía. „Tatiana si no eres linda tienes que ser inteligente“. Así que estudié, leí mucho de todo lo que me caía en la mano, me interesé por las artes y no perdía momento para decirle a la gente que el libro que llevaba bajo el brazo no era un expendedor de desodorante, era mi carta de visita. Pasó el tiempo y pasó un águila por el mar y me casé por segunda vez.
De las primeras cosas que hace un maltratador es alejarte de familia y amigos, yo estaba incluso en otro continente, así que ese punto estaba logrado. Atacan directo a tu seguridad ante la toma de decisiones, tu modo de expresarte, y este personaje la tuvo fácil porque hablaba en casa mi idioma, pero no me daba tiempo para aprender la lengua que se hablaba en el país, así que yo en sociedad estaba como Shakira, ciega, sorda y muda. Como estocada final, este tipo de gentuza, va a lo mas íntimo, critica tu cuerpo, cuestiona tu identidad y sin darte cuenta terminas encontrando la aguja en el pajar. Parece sencillo de evitar, pero la cosa es que como diría el propagandista nazi Joseph Goebbels „repite una mentira con suficiente frecuencia y se convierte en verdad“. Recuerdo que cuando me separé la pregunta mas lacerante era si podría de nuevo caminar desnuda a la luz del día sin importarme ojo, ni criterio ajeno. La verdad es que me llevó tiempo pero lo logré. Esta vez estaba convencida que aumentar la talla de mis ropas no me harían olvidar las inseguridades que había aprendido. Así que recordé que lo que molesta se opera, lo que te duele se cura y que la sexualidad no se repara solamente teniendo sexo, sino también hablando de él.
A los cuarenta tuve mi segunda adolescencia como mucha gente. Adolecía de aventuras, porque me había construido un mundo solido alrededor, adolecía de pasiones fortuitas, porque tengo una pareja monógama que sube y baja conmigo sin pretensiones, ni planes de futuro. Adolecía de la euforia de comenzar algún proyecto y eso si no tenía justificación. Entonces me monté en un avión y me fui solo tres días a una isla donde no conocía a nadie y donde me reí y brinde con mucha gente. Descubrí que como a los trece años, yo quería empezar cosas. Empezar a escribir un blog fue una de ellas, quizás en el futuro hablar francés, o simplemente conocer gente por primera vez. Esa experiencia fue trascendental y me ayudó comprender las crisis de media edad, los que buscan al amante joven, se compran la motocicleta o se hacen un nuevo tatuaje. Porque a los cuarenta cuando llega la calma en el universo que te has creado, te empiezas a cuestionar si aun dominas las artes de la vida, si eres sexualmente una fiera como cuando tenias dieciocho o si puedes nadar las treinta piscinas como aquella vez.
Por suerte esta segunda adolescencia también pasa. Te enteras que le mueves el tapiz a quien te acompañará el camino largo y eso es lo importante. Yo me compré un pantalón ripiado, de esos que pareces que te pagaron para que usaras en vez de el contrario y un amigo me dijo que no pegaba para mi edad. Yo no coincido, porque en ese momento mi cuerpo estaba loco por enseñar lo que pudiera y yo me enganché en el tren de la moda y pude tener mi momento de gloria, aunque hubiera sido veinte anos después.
No creo en la moda por edades, porque cada día tenemos que decir algo de nosotros o confirmar algo de nosotros y lo hacemos inconscientemente, desde los doce años. La moda define, defiende un discurso, habla de un momento histórico personal y eso la hace maravillosa.