en piernas cerradas no entran moscas

 

Desde niña me encanta sentarme en los sillones a horcajadas. Cuando estoy sola encaramo una pierna en la silla de al lado mientras como, o incluso, en momentos de total relajamiento y solitud, sobre la mesa. Nunca he sabido que hacer con mis extremidades y decirlo en alta voz no suena muy serio, pero hay otras tantas personas que no saben que hacer con sus propias vidas y dirigen orquestas y países, así que no me amilano. Cuando voy en el tren, por ejemplo, tengo que hacer presión con un pie o la rodilla contra algo, ya sea el asiento del frente o la pequeña mesilla que separa los puestos, porque sino tengo la sensación de resbalar hasta el suelo y desarmarme por el camino. Con los brazos me sucede lo mismo por eso es mi obsesión por los bolsillos. No hay nada peor, ni más denigrante para mi que un bolsillo ciego. Han visto alguno en una prenda masculina, claro que no, pero a nosotras parece que se nos engaña más fácil. Gracias a todas las feministas de la costura actualmente no es tan complicado encontrar donde sostener mis brazos o esconder papelillos y esas dos actividades me son vitales. 

Hoy se preguntarán por donde viene ésta con el tema de las piernas esparrancadas y los brazos colgantes. La cosa es que empieza el calorcito por las Europas, y las tiendas se llenan de vestidos y de pantaloncillos. Para los que no viven dentro de un negocio de ropas como yo, les cuento que hemos adoptado el bóxer, o sea el calzoncillo de patas de toda la vida de los hombres y no me queda claro como hemos llegado a esto.

Hace casi veinte años vine a Suiza por primera vez y me quede fría y patitiesa cuando vi a muchas mujeres con faldas sentadas con el desparpajo de un bodeguero en agosto. En lo primero que pensé fue que tenía que disimular porque se me iba la mirada para su entrepierna, aquello tenía el morbo de la revolución mas que otra cosa. Toda la vida escuchando „ las niñas se sientan con las piernas cerradas“ - „Tatiana cierra las piernas“- „baja los pies“. Pero coño, que no se me va a escapar un ovario ni voy a dar un concierto bochornoso con las tropas de Falopio. Que a mi no me pende nada y el famoso orificio esta anatómicamente diseñado para que no se me escape un órgano, así que no hay nada que temer. Lo otro es que de verdad cuando una mujer esta sentada se percibe solo el color de su blumer y nada mas. Posiblemente sea esa la razón por la que tantos se inventan historias y guerras. El punto es que el shorcito este del que les hablo nos es sinónimo de involución del feminismo, todo lo contrario, nos estamos apropiando de nuestro cuerpo y de todo lo que nos facilite la vida.  

Hace unos días llegó un grupo de chicas a la tienda que estaban festejando la despedida de soltera de una de ellas. Dentro de la pachanga tenían que encontrar ropa nueva para la futura esposa por un costo de cien francos, lo que no era muchísimo, en cuarenta y cinco minutos y lo mas importante, seguir de fiesta. Yo me puse las pilas y llegamos a la conclusión que lo mejor era un vestido. La primera propuesta le pareció fantástica pero me dijo que ella no caminaba tres pasos porque se les quemaban los muslos. Vamos, que no todas somos modelos de Victoria Secret que van y vienen sin rozaduras por las pasarelas, el noventa porciento de las mortales somos muslonas y eso hay que vivirlo para entenderlo. Pues yo me saqué de abajo de la manga la maravilla de pantaloncillo y ahí mismo murieron el miedo y la mala vibra. La muchacha se fue encantada y me imagino que haya disfrutado como sino no hubiera un mañana. Cualquiera diría que es puritanismo, que nos queremos proteger de la mirada indiscreta e insidiosa, pero hay que tener una tanga puesta para entender lo que pueden aguantar algunas las mujeres por cumplir los sueños calenturientos de algunos varones.

La cosa realmente me ha traído a mucho reflexionar. Si nosotras no usábamos bragas hasta finales del siglo dieciocho y salió a la luz el chisme por un resbalón en Paris, como llegamos a la tanga. Que al final tiene como única función ahorrar telas para alzar beneficios y mantenernos despiertas porque no hay alma humana que cierre un ojo con un cordel de poliéster intentando abrirnos por la mitad. Yo entiendo que los indios tupí usaran el estilismo y lo disfrutaran, pero esto ya se nos ha ido de las manos. Un par de siglos atrás casi logran reprimirnos con el corset pero la estrategia de marketing del diminuto triangulito se ha colado en nuestras camas y eso es realmente bochornoso.

Pero el mito de las piernas abiertas eso es lo que realmente me desordena. Exclamó al referirse a ello el zar de Rusia Pedro I „las puertas del paraíso están abiertas“. Mas tarde Gustav Courbet escandalizaría el mundo del arte con su cuadro „el origen del mundo“ hasta que llego Debora de Robertis y mando a parar, se sentó con la vagina al aire y plantó su discurso, lo que le costó la cárcel por unas horas, pero que no se hace en nombre de la posteridad. Algunas han logrado castillos con abrir las piernas, a otras no nos ha salido tan rentable el acto. Abriendo las piernas llega la nueva vida, también se siembra vida, pero detrás de una pose tan cotidiana se encierra un mundo de represión y simbología que a pesar de tanta información, nos divide. Yo me auguro un mundo donde el cuerpo tenga tantas posibilidades de defender su derecho a la expresión como la palabra misma. Donde un gesto no determine un juicio, donde el género no dicte si son mis brazos o mis piernas quienes tomen el papel protagónico. Por el momento me encanta pensar que somos más libres de remilgos y que al menos en mi templo soy yo quien decide en que hombro encaramo las piernas.