dándole a los pedales
Cuando tenía cerca de catorce años decidí que aprendería a montar bicicleta. El problema era que no poseía ninguna y no contaba con alguien cercano que me pudiera enseñar. El universo me puso delante un fin de semana en un campismo popular lejos del resguardo y cuidado de mi madre, justo lo que yo necesitaba para concretar mi plan. Lo primero que le dije al hombre que alquilaba las bicis fue que en mi vida había tocado una. Me miró con cara de pocos amigos y dijo, „no es difícil, lo único que tienes que hacer es no dejar de pedalear y no mires nunca al suelo, la vista hacia adelante“. Eso fue todo. Probablemente ese día recibí la lección filosófica mas valiosa de mi vida, pero en ese momento mi cuerpo era un pomito de adrenalina así que me monté en el cacharro y fui autómata a la acción. En su cortísima preparación teórica omitió explicarme como se frenaba y que en caso de esquinas o curvas debía girar el timón, algo muy lógico para quien tenga experiencia, pero para mí era su palabra una orden y si el tipo no dijo frena, pues yo no lo haría. El primer golpe lo di contra una pared a menos de tres metros de la salida. El segundo diez metros mas adelante contra unos latones de basura y cuando me paré no me volví a caer hasta casi dos kilómetros mas adelante donde choqué con un hombre que haciéndose el graciosos o pensando que yo jugaba cuando gritaba histérica “quítense del medio que no se manejar”, se metió en mi camino y … Creo que si no tenía ya hijos, ese día perdió la posibilidad de alargar su apellido, pues mi bicicleta se le encajó en la entrepierna como una tanga en pleno agosto.
¿Qué tendrá que ver la magnesia con la gimnástica y la bicicleta con la moda? Pues nada y todo. Insisto siempre que las mujeres entramos a una tienda y tenemos que probar. Es lo único que podemos hacer sin medida ni remordimiento, porque la sociedad entiende que estar en una tienda de ropa e invertir en eso tres horas para salir solo con un pantalón es normal, en una biblioteca a lo mejor te lo cuestionan, pero en un negocio y si hay rebajas, es lo mas natural del mundo entrar a la cabina con setecientos trapos y luego decir que no te gustó ninguno. Que suerte si pudiéramos hacerlo también con los hombres, pero no. El punto es que solo probando y reconociendo que es bueno o malo podremos decidir que es justo para nosotras o no. El otro detalle es si lo haces para quemar el tiempo como si te fumaras un cigarro, o lo haces como terapia para canalizar la furia y el ostracismo. Pero cuando tu relación con la compra es saludable sabes que el tiempo lo cambia todo, en los noventa no te gustaban los pantalones campana, pues ahora es el momento, sabes bien que hoy no funciona algo pero a lo mejor mañana da el pegue y se convierte en tu mejor aliado.
Hace unos días hablábamos sobre lo difícil que es vender pantalones. Porque nadie esta dispuesto a ponerse siete u ocho en una tienda para encontrar el justo. No hay mucha gente dispuesta a caer y levantarse, estirarse y contorsionar en una cabina y con las temperaturas que alcanza el cuerpo en eso de quita y pon de ropa. La vendedora tiene que tener instalado un medidor de rayos láser para determinar largo y ancho, reales, hacer un bosquejo con preguntas sobre meteorología y política y de ese modo acercarse, medianamente, al gusto de la clienta y luego echar a la suerte tres pantalones para lograr encantar a la presa. Yo he aprendido de mujeres inmensas que probar es la clave de todo pero también es cierto es muy difícil mantener el entusiasmo. Eso de la memoria colectiva, del flujo cultural y la moda es pescado con boniatillo al lado de la experiencia personal en un cubículo de dos metros cuadrados.
Tú sabes si una mujer conoce su cuerpo y sus límites de modo muy fácil. „¿Qué talla usas?- treinta y seis o treinta y cuatro“, la miras de reojo y claramente llevaría una cuarenta, esa mujer tiene mas problemas que un libro de matemáticas y la está cogiendo con su cuerpo, entonces le das sádicamente la talla de sus sueños. Ella termina frustrada o rompiendo el jeans y tú diciéndole la mas famosas de las mentiras, „es que la pieza esta cortada muy pequeña“. Esa dinámica de maldad no es sostenible, de un lado arriesgas perder una clienta y la susodicha de perder una uña con el zíper. Así que lo mejor que puedes hacer es evitar el momento con mucho tacto y llevarla por el buen camino. Quien me hubiera advertido en mi hazaña de encontrar el amante perfecto. Esas son las mismas personas a la que preguntas de que tamaño la tendría que tener tu compañero y te dicen treinta y dos centímetros. Y yo me pregunto, ¿pero tú sabes que esa es la profundidad de un librero? Es que no te puedes comer un pan de un bocado porque te dan arqueadas y esperas que tu contrincante en la cama llegue con una masa estilo hombre de las cavernas a darte amor y cariño. No es menos cierto que el arte de medir las cosas no es algo que nos haya sido fomentado a las féminas, pero lo de exagerar entonces de dónde salió. Estando en este lado del mundo en contacto con un montón de nacionalidades bastante conservadoras en tema de sexualidad, me doy cuenta que eso de probar en nosotras las mujeres, aun hoy, no esta muy bien visto. Quien no haya experimentado con amantes de la XS hasta la Xl no podrá saber nunca si le gusta mas lo ancho o lo estrecho. Porque solo cayendo y levantándose entenderás si compensa la talla con la entereza, el precio con la calidad del material, tus expectativas con la realidad. En pocas palabras queridas amigas, en el conocimiento personal está la clave y eso no hay vendedora, ni psicóloga, ni gurú que lo pueda facilitar. No olviden que pedaleando es el único modo de llegar.